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Vaughan Piccirillo-Sealey, el bebé de la foto icónica del 11-S: “Ese día definió casi todos los aspectos de la vida estadounidense”

A 25 años de los atentados a las Torres Gemelas, el joven que aparece en brazos de su madre en una de las imágenes más recordadas del fatídico día repasa cómo cambió su lectura de la tragedia, cuestiona la falta de rendición de cuentas de las élites políticas y empresariales de Estados Unidos, y reflexiona sobre crecer como parte de la primera generación de nativos digitales.

Jenna Piccirillo mira a su hijo, Vaughan, desde una azotea en Brooklyn mientras el humo de los ataques al World Trade Center se alza sobre Manhattan en el fondo. Foto: Archivo

Vaughan Piccirillo-Sealey tenía apenas unos meses cuando fue fotografiado en brazos de su madre en Nueva York, mientras al otro lado del río el humo cubría el sitio donde minutos antes se alzaban las Torres Gemelas. Tomada por el fotógrafo Alex Webb el 11 de septiembre de 2001, la imagen se convirtió en una de las postales más citadas de esa jornada y, con los años, en un símbolo de la generación nacida junto a la tragedia.

Hoy, a los 25 años, Piccirillo-Sealey vive en Nueva York y trabaja en el sector bancario. Desde Central Park, a horas de cumplirse un nuevo aniversario del atentado, conversó con La Tercera sobre el significado de esa fotografía, la desconfianza hacia las instituciones estadounidenses y los planes que baraja para su futuro.

¿Qué representa para usted esta fotografía a 25 años del 11 de septiembre?

Hace un par de años dije algo que resume bien lo que siento y que creo que decía todo lo que había que decir. Es una imagen poderosa, no solo para mí, sino para mucha gente, porque mi madre tiene en la mira, literalmente, la tragedia que ocurre al otro lado del río, pero elige no ignorarla, mantenerla en su periferia mientras se concentra en la nueva vida que acababa de traer al mundo, que era yo.

Vaughan Piccirillo-Sealey, 25 años después. Foto: LinkedIn

Creo que eso dice mucho, no solo de mi madre, sino de todos los padres, sean o no biológicos. Ese mensaje se mantiene, pero mi relación con el hecho en sí ha cambiado bastante con los años.

¿Cómo cambió esa relación con el paso del tiempo?

A mi generación siempre se nos identificó como los nuevos bebés de la nueva era. El 11-S no fue solo un hito simbólico para los asuntos globales de ese momento, sino que definió casi todos los aspectos de la vida estadounidense. Nadie me lo dijo nunca de manera directa, pero sentí una comprensión implícita sobre cómo debía moverme en la vida por pertenecer a esa generación.

Cuando ocurrió, todos entendíamos que era algo fuera de lo común, algo que nunca esperábamos como estadounidenses. Crecí con la idea de que había sido una de las mayores tragedias en suelo estadounidense y también en el mundo moderno. Pero a medida que crecí, sobre todo desde la secundaria, en paralelo a la era Trump, me volví una persona más política, y esa mirada cambió.

¿En qué sentido cambió?

La política se nos impuso como una práctica cultural. En mi familia explícitamente no se hablaba de política ni de dinero, pero eso cambió, porque en Estados Unidos la política terminó convertida en cultura popular. Nadie quiere ser político respecto de todas las cosas, pero todo es inherentemente político, así que no queda otra alternativa que involucrarse. El problema es que ahora se espera que cada persona sea experta en políticas públicas, lo que en el fondo anula el sentido de tener representantes electos o profesionales dedicados a eso.

¿Cómo describiría hoy la confianza de los estadounidenses en sus instituciones?

Creo que hay tres pilares que explican la división de nuestra sociedad. El primero es que la brecha de clase se volvió insalvable, porque el poder se concentró demasiado en pocas personas. El segundo es la falta de rendición de cuentas hacia esas personas y esas empresas. El tercero es la codicia. Las redes sociales son el vehículo por el cual todo se polarizó, y esa codicia es lo que sostiene la polarización.

Las Torres Gemelas del World Trade Center de Manhattan tras el impacto a la segunda torre. Foto: archivo

Hay actores, ya sean empresas, países o individuos, que se benefician de ambos lados y hacen una vida cómoda con eso, y lo hacen evidente, porque están orgullosos de lo que han logrado. Lamentablemente, los estadounidenses comunes no nos dimos cuenta de que el sistema estaba arreglado hasta que ya era demasiado tarde. Y cuando supimos quién lo estaba manipulando, nadie pareció dispuesto a hacer algo al respecto.

¿Alguna vez lo han reconocido por la fotografía?

No por desconocidos, pero sí por compañeros de colegio que vieron un documental de Netflix donde aparecía mi apellido junto a la imagen. Nunca conté esta historia mientras crecía, prefería guardarla, no tengo nada de qué jactarme.

Lo más significativo que me ha dado esta fotografía es la oportunidad de conversar con periodistas sobre lo que ocurre en el mundo, algo que ha ido cambiando año a año.

¿Ha tenido contacto con Alex Webb, el fotógrafo?

Sí, los conocí a él y a su esposa en 2021, para una entrevista con CBS. Son personas muy amables, con mucho conocimiento y mucho mundo recorrido. Hablar con ellos sobre sus carreras fue revelador porque no sabía que era posible dedicarse a recorrer el planeta y vivir de la fotografía. Me dieron una perspectiva de un mundo que no conocía.

¿A qué se dedica actualmente?

Trabajo en el sector bancario en Nueva York. Cuando estaba en la universidad mi única prioridad era encontrar estabilidad, y la banca cumplió ese propósito, aunque no ha sido tan gratificante como esperaba.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: archivo Molly Riley

Ahora que tengo esa seguridad, planeo dedicarme a algo que me llene más. Estoy retomando estudios en ciencia de datos, un área que conecta mis intereses, el deporte, contar historias, el arte y la política. Tener seguridad económica es solo el primer paso hacia la realización personal.

¿Qué le corresponde a su generación, a 25 años del atentado?

Creo que el mayor indicador de éxito de nuestra generación será si logramos que quienes han actuado como agresores y han mostrado apatía frente al costo de vidas humanas, tanto en Manhattan como en otras partes del mundo, rindan cuentas.

El péndulo se ha movido demasiado hacia un lado y eso ha generado un daño difícil de reparar en nuestra identidad como sociedad.

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