Por Francisco CorvalánViolencia digital de género: el costo que persigue a las mujeres en la primera línea política
Las personeras que ocupan cargos de alta exposición enfrentan agresiones que muchas veces exceden la crítica a su desempeño y apuntan a su apariencia o vida privada. Un análisis sobre las últimas voceras de gobierno revela cómo las redes sociales amplifican este fenómeno.

El fenómeno atraviesa gobiernos, ideologías y generaciones. Un análisis de más de cinco mil publicaciones sobre las últimas voceras de gobierno muestra que las ministras reciben altos niveles de negatividad en redes sociales y otras plataformas digitales, muchas veces asociados a aspectos personales, físicos o familiares más que a su desempeño político. Académicas y especialistas advierten que la violencia digital se ha convertido en una de las principales barreras para la participación femenina en espacios de poder.
En marzo, cuando Mara Sedini asumió la vocería de gobierno, una parte importante de la conversación digital que se generó en torno a ella no giró sobre anuncios oficiales, estrategias comunicacionales ni definiciones políticas. En redes sociales, comentarios sobre su apariencia física, su tono de voz, su forma de vestir o su capacidad para “aguantar la presión” comenzaron a multiplicarse con rapidez. Algunos cuestionaban directamente su preparación; otros derivaban en burlas, ataques personales o descalificaciones abiertas.
La escena no era nueva. Antes que Sedini, otras mujeres que ocuparon la vocería enfrentaron fenómenos similares. Desde Cecilia Pérez y Karla Rubilar hasta Camila Vallejo, debieron desenvolverse bajo un escrutinio donde la crítica política muchas veces se mezcló con hostilidad personal.
Un estudio elaborado por Monitor Social, plataforma especializada en análisis social en tiempo real, midió ese fenómeno. Para ello recopiló publicaciones de prensa digital y redes sociales sobre las cuatro últimas voceras: Cecilia Pérez, Karla Rubilar, Camila Vallejo y Mara Sedini.
La metodología consideró todas las menciones registradas en Google News y publicaciones en Facebook, X, Instagram y YouTube durante los primeros 50 días de cada ministra en el cargo. A partir de modelos computacionales de procesamiento de lenguaje natural especializados en sentimientos, odio y agresividad, el estudio detectó diferencias relevantes entre las ministras.
Pérez concentró la mayor proporción de publicaciones positivas: 21%. También registró el menor porcentaje de negatividad, con 16%. En el otro extremo apareció Sedini, con apenas 5% de publicaciones positivas y 52% de textos negativos. Rubilar alcanzó 47% de negatividad y Vallejo, 38%.

“El nivel de sentimiento negativo que tiene Sedini resalta no solo porque es mayor que el de todas las voceras mujeres de los últimos ocho años, sino porque supera incluso el sentimiento negativo generado por Rubilar en sus primeros 50 días, que comenzaron apenas 10 días después del estallido social”, dice Pablo Beytía, director de Monitor Social.
En tal sentido, el análisis revela que las principales críticas a Sedini sobre apariencia física, vestimenta y vida personal apuntan a su elección de vestuario en actos oficiales, comparaciones despectivas o exigencias de mayor cuidado personal, con comparaciones directas con su antecesora Vallejo. Hay, además, ataques a la apariencia física y estética, e invasiones a su vida personal.
El estudio distingue, de modo general entre todas las personeras, distintos niveles de hostilidad. Mientras el “sentimiento negativo” refiere a desaprobación, frustración o crítica, los indicadores de “odio” y “agresividad” buscan detectar formas más extremas de comunicación.
Rubilar encabezó ambas métricas: 3,82% de odio y 1,79% de agresividad. En el caso de Sedini, el monitoreo mostró que la negatividad se mantuvo alta de manera constante durante sus primeras semanas. Entre marzo y abril, el sentimiento negativo osciló entre 35% y 54%, mientras odio y agresividad estuvieron bajo el 3%.
Para Monitor Social, la evolución de la negatividad hacia Sedini tiene tres etapas: cuestionamientos iniciales con una burla ciudadana suave, sin contenido de fondo; un siguiente paso en que el sistema político la empieza a criticar desde dentro; y un tercero con una crítica ya asentada en la opinión publica con evidencia en su baja aprobación en Cadem o imitaciones de humoristas.

La pregunta que emerge es si esa hostilidad responde únicamente a la polarización política o si existe un componente de género que atraviesa el fenómeno. Para Julieta Suárez-Cao, académica de la UC e investigadora del Núcleo Milenio Crispol, la violencia digital contra mujeres en política forma parte de algo más amplio: la violencia política en razón de género.
Suárez-Cao sostiene que existe una diferencia fundamental entre la crítica política legítima y el hostigamiento basado en estereotipos. “Las mujeres pueden hacer mal su trabajo y, por supuesto, se las puede criticar igual que a los hombres. El problema es cuando se les cuestiona por cosas que jamás serían utilizadas contra un hombre”, dice.
Ahí aparecen preguntas o comentarios sobre maternidad, apariencia, ropa o vida privada. “Preguntar con quién dejas a los niños cuando estás trabajando, o cómo te gusta vestirte, son cosas que difícilmente le preguntarías a un político hombre”, agrega.
Para la académica, la violencia digital opera, además, como un mecanismo de disciplinamiento simbólico. “Las mujeres siguen siendo vistas como forasteras en el espacio público. Históricamente, el ámbito político fue reservado para hombres y el doméstico para mujeres. Entonces, muchas veces la violencia busca recordarles que ese no sería su lugar”.

Esa lógica aparece repetidamente en estudios sobre violencia digital en Chile. La Consulta Ciudadana sobre Violencia Digital de 2023 detectó que las mujeres consideran las redes sociales más inseguras que los hombres, experimentan más violencia en línea y son objeto, en mayor proporción, de ataques relacionados con aspectos íntimos o estereotipos.
Efecto disciplinador
El estudio también concluyó que las mujeres con activismo político o social sufren mayores niveles de violencia digital y perciben efectos concretos en sus carreras. Teresa Valdés, socióloga y coordinadora del Observatorio de Género y Equidad, interpreta el fenómeno como parte de una disputa cultural más profunda: la expansión de las redes sociales amplificó desigualdades históricas ya existentes. “El espacio virtual parece neutro, porque hay anonimato y bajo costo para agredir, pero en realidad reproduce y amplifica las relaciones de poder del mundo real”, sostiene.
La socióloga vincula el fenómeno con la transformación cultural que de Chile en las últimas décadas. Según Valdés, la violencia digital no apunta solo contra una autoridad específica, sino como advertencia colectiva. “Cada vez que atacan a una mujer, el mensaje se expande hacia todas las mujeres y les dice ‘esto es lo que puede pasarles si se atreven a ocupar espacios de poder’”.
La idea de “efecto disciplinador” aparece también en el análisis de Natalia Miranda, académica del Centro de Investigación en Sociedad y Salud de la U. Mayor. “La violencia digital tiene consecuencias democráticas, porque reduce la pluralidad de voces y encarece la participación pública femenina”, explica. Miranda sostiene que existe una “doble vara” en la evaluación pública de mujeres y hombres en política. “A los hombres se les critica principalmente por sus decisiones o desempeño. A las mujeres, además, se les exige responder a criterios de feminidad, apariencia, tono emocional o vida familiar”.
En las vocerías de gobierno, donde la exposición mediática es permanente, esa tensión se vuelve especialmente visible. “A las mujeres voceras se les exige firmeza, pero se las castiga si parecen demasiado duras. Se les exige cercanía, pero se las descalifica si son emocionales. Se les exige presencia pública, pero se las juzga por su apariencia”, afirma.
La académica Cynthia Amigo, de la Escuela de Ciencia Política de la UDP, coincide en que la violencia digital reproduce patrones históricos de subordinación femenina. “Durante gran parte de la historia fueron relegadas al espacio privado. Entonces, cuando aparecen en posiciones de liderazgo, la violencia funciona como una herramienta para desvalorizar sus acciones y cuestionar su legitimidad”, plantea.

Además sostiene que el anonimato y la lógica de redes sociales intensifican el problema, y que no distingue ideologías. “Se les perdonan menos los errores. Da lo mismo si son de izquierda, de derecha o de centro. El cuestionamiento sobre su apariencia, sobre si estaban peinadas o cómo se visten aparece transversalmente”.
Pablo Matamoros, coordinador de Desinformación y Propaganda del Centro Democracia y Opinión Pública U. Central, dice que las plataformas digitales también tienen responsabilidad estructural. La indignación es la emoción que más rápido y más lejos viaja. Los algoritmos están diseñados para maximizar interacción, y el contenido hostil genera mucha más circulación que el conciliador. “Lo que en la calle sería considerado acoso, en redes muchas veces se presenta simplemente como opinión. Eso termina operando como una forma de censura distribuida que empobrece el debate público”, señala.
Suárez-Cao concluye que reconocer el problema no implica renunciar a la crítica política. “La sororidad no significa dejar de criticar mujeres. Significa preguntarnos si estamos usando con ellas criterios que jamás aplicaríamos a hombres en posiciones similares”.
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