Por Javier VegaAl ritmo de Ormuz

La economía chilena se parece cada vez más a un barco que ha perdido parte de su lastre. Sigue navegando, pero lo hace con menos estabilidad frente a las olas que lo golpean. En condiciones normales, una economía pequeña y abierta como la nuestra siempre estará expuesta al movimiento internacional. La diferencia es que antes contaba con mejores amortiguadores para absorber esos vaivenes. Hoy, en cambio, cada ráfaga externa parece traducirse con más fuerza en oscilaciones del tipo de cambio, de las tasas y de las condiciones financieras.
El estabilizador, en este caso, era el mercado de capitales. Chile construyó durante tres décadas un sistema financiero inusual para una economía emergente. Los fondos de pensiones acumularon activos equivalentes al 80% del PIB, convirtiéndose en la columna vertebral del mercado local de renta fija y en un estabilizador silencioso del tipo de cambio. A ese colchón se sumaba el ahorro público: durante buena parte de ese período, Chile mantuvo una regla fiscal que generó superávits estructurales, acumulando recursos en fondos soberanos. Ambos pilares operaban en la misma dirección: un mercado de capitales profundo y robusto que daba a la economía la capacidad de absorber los golpes que llegaban desde afuera sin que se tradujeran íntegramente en volatilidad del tipo de cambio, las tasas o el crédito.
Ese mecanismo ya no opera con la misma potencia. Los tres retiros de fondos previsionales entre 2020 y 2021 extrajeron más de US$50.000 millones del sistema, cerca de 20% del PIB. A ello se sumó el deterioro del ahorro público, con fondos soberanos significativamente reducidos y una deuda bruta del gobierno central que escaló desde menos de 28% del PIB en 2019 hasta 41,7% en 2025, según la Dirección de Presupuestos. El Consejo Fiscal Autónomo, además, ha advertido que, sin medidas correctivas, la deuda podría superar el umbral prudente de 45% antes de 2030.
El resultado es que el peso chileno se mueve más al ritmo de lo que pasa en el estrecho de Ormuz, en los futuros del Tesoro americano o en la próxima señal desde la Reserva Federal. Los datos son consistentes con ese diagnóstico: en el período predisrupción (julio 2015–junio 2019), menos del 8% de los días hábiles registraba una variación diaria superior al 1%. En el período postretiros (julio 2022–junio 2026), esa proporción trepa al 21%. El peso chileno no solo se mueve más, sino que se sacude con una frecuencia casi tres veces mayor.
Dicho de otro modo, el problema no es que el mundo se haya vuelto incierto, porque siempre lo ha sido, sino que Chile parece estar peor preparado para filtrar esa incertidumbre.
La menor profundidad del mercado de capitales no es un problema abstracto. Amplifica la volatilidad del tipo de cambio y de las tasas, encarece el financiamiento de largo plazo y genera la incertidumbre que paraliza los proyectos antes de que partan.
Hay señales de recuperación parcial: los fondos previsionales se han recuperado y hoy se superan los US$250 mil millones, aunque en términos relativos al PIB siguen por debajo de los niveles pre-retiros (70% del PIB). Pero la situación fiscal cuenta una historia distinta con expectativa de mayor deuda, justo lo contrario de lo que el país necesita.
La solución no es simple ni rápida. Requiere consolidación fiscal sostenida que reduzca la presión del fisco sobre el mercado de capitales y políticas de desarrollo financiero que reconstruyan una base inversora institucional.
El contexto externo tampoco ayuda. La incertidumbre global asociada a aranceles, conflictos geopolíticos, tensiones energéticas y una Reserva Federal sometida a presiones crecientes no da señales de ceder. En un mundo más fragmentado, más proteccionista y más volátil, confiar en la calma externa es una estrategia demasiado frágil. Por eso, nunca fue tan urgente reconstruir un estabilizador propio.
Mientras tanto, el barco sigue navegando. Pero cada tormenta lo bambolea más que antes. Y en el horizonte, hay bastante mar de fondo.
*El autor de la columna es economista
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