Política

Javier Cercas: “La democracia es indisociable del buen periodismo; la lucha por la verdad es hoy más necesaria que nunca”

El autor de Soldados de Salamina revisita la historia de El País en su nuevo libro y advierte sobre la crisis de confianza que atraviesan las democracias occidentales. También sobre el valor de un periodismo riguroso: “El poder político siempre ha mentido, porque las mentiras son más poderosas que los tanques”.

06 MAYO 2025 JAVIER CERCAS ESCRITOR ESPAÑOL FOTO PABLO VASQUEZ R PABLO VASQUEZ R.

Cuando llegó a casa lo escuchó por la radio. Un golpe de Estado estaba en marcha en Madrid. Militares habían irrumpido en el Congreso de Diputados y mantenían secuestrados a los parlamentarios durante la votación del nuevo gobierno. Era el 23 de febrero de 1981. Javier Cercas decidió salir a la calle. Su madre, que había vivido la Guerra Civil Española, intentó detenerlo. “Tú no sales de aquí”, le dijo. Pero Cercas salió de todos modos: estaba decidido a defender la joven democracia española.

—Tenía la cabeza llena de novelas y películas, y creía que iba a encontrar una ciudad llena de barricadas y de gente resistiendo y defendiendo la democracia. No había nadie.

Partió a la universidad para encontrarse con la chica que le gustaba. La encontró, pero las clases se habían suspendido y todo el mundo se fue a casa.

—Es terrible. Nadie salió a la calle.

Mientras tanto, El País sacó siete ediciones.

—Fue el único periódico que salió a la calle con un titular contundente en defensa de la Constitución y la democracia. Fue muy importante para que el golpe finalmente fracasara.

El autor de Soldados de Salamina y columnista de El País recuerda hoy aquel episodio a propósito de El periódico de la democracia, un libro que celebra los 50 años del diario y que es, al mismo tiempo, una memoria de lector, una historia personal del periódico y una reflexión sobre la relación entre periodismo y democracia.

—El País nace con la democracia española, el 4 de mayo de 1976. Falta menos de un mes para que Adolfo Suárez sea elegido presidente del gobierno y se inicie lo que luego se llamó la Transición.

Sin embargo, fue durante el 23-F —episodio al que dedicó Anatomía de un instante— cuando el periódico se jugó decididamente por la democracia frente a una sociedad paralizada por el miedo.

—Ese es el gran secreto escondido y perfectamente visible del golpe de Estado del 23 de febrero. Es una acusación muy dura, pero es una evidencia. Y es algo que en mi país se oculta, porque las cosas feas de la historia se ocultan, aunque estén tan a la vista como esa.

Hoy vivimos un momento de depresión democrática. Estamos asistiendo al triunfo de lo que yo llamo el nacionalpopulismo.

¿A qué lo adjudica?

Lo atribuyo, primero, al recuerdo de la Guerra Civil. En 1981 muchísimos españoles todavía tenían muy presente aquel recuerdo. Cuando los militares asaltaron el Parlamento, volvió de inmediato. Y produjo miedo. Un miedo instantáneo y completamente lógico. Mucha gente dice que fue un golpe de opereta, pero fue completamente serio y provocó terror.

El segundo factor fue una evidente falta de pulso democrático. En 1977, cuando se estaba construyendo la democracia, más del 90 por ciento de los españoles estaba a favor de ella. En 1980 y 1981, menos de la mitad. Había una crisis económica brutal, terrorismo, sensación de desgobierno y desencanto. Mucha gente creía que la democracia iba a traer el paraíso terrenal. Pero la democracia no trae el paraíso; simplemente es el mejor sistema que hemos inventado para convivir. Todo eso contribuyó a que se perdieran la confianza y la capacidad de lucha.

Foto: Pablo Vásquez - La Tercera

¿Hoy también? ¿Los políticos no se han hecho cargo de ese silencio?

Ni los políticos ni la ciudadanía. Los políticos se escondieron, huyeron. Ahora bien, yo lo entiendo. No estoy acusando a nadie. El miedo es el miedo. Pero no nos contemos historias falsas.

A partir de esto es inevitable pensar en el presente. ¿Hoy vivimos algo parecido? ¿Existe una nueva desilusión democrática?

Montaigne decía: “La vida es ondulante”. Es una de las cosas más sabias que se han dicho nunca. A veces sube y a veces baja. Estamos en un momento de bajada. Vivimos, en todo Occidente, una crisis de fe en la democracia. Creo que el origen de todo está en la crisis de 2008, de la que todavía no nos hemos recuperado.

A finales del siglo XX hubo un gran optimismo democrático. Hoy vivimos un momento de depresión democrática. Estamos asistiendo al triunfo de lo que yo llamo el nacionalpopulismo. No es fascismo exactamente, aunque contiene elementos del fascismo. Y en cierto modo es más peligroso, porque el fascismo ya lo conocemos, mientras que el nacionalpopulismo se presenta como democrático. El símbolo mundial de ese fenómeno es Donald Trump, pero tiene muchas caras y muchos rostros, igual que ocurrió con el fascismo en los años 30.

Por fortuna, hoy en España tenemos algunos seguros. El Ejército ya no es un peligro. Y tenemos otro seguro: España ya no es un país completamente independiente. Gracias a Dios. Pertenece a una confederación que es la Unión Europea. Y eso es un enorme factor de estabilidad.

Los Estados Unidos de Europa con los que soñaba Víctor Hugo. Es un proyecto enorme, extraordinariamente ambicioso y revolucionario.

¿Y cómo ve a la Unión Europea hoy?

La Unión Europea tiene que decidir qué quiere ser cuando sea mayor. Si quiere seguir siendo una confederación fuerte económicamente pero débil políticamente, lo que la condenará a la irrelevancia, o si quiere convertirse en una federación. Los Estados Unidos de Europa con los que soñaba Víctor Hugo. Es un proyecto enorme, extraordinariamente ambicioso y revolucionario. Pero es, en mi opinión, la única utopía razonable que hemos inventado los europeos.

Novelista y ciudadano

El periódico de la democracia abre con una broma. A comienzos de los años 90, Javier Cercas recibió una llamada donde lo invitaban a escribir en El País. Con dos novelas publicadas y escasamente conocidas, daba saltos de alegría. Iba a escribir en el diario donde publicaban García Márquez, Vargas Llosa y muchos de los escritores que admiraba. Entonces volvió a sonar el teléfono. Era su hermana recordándole que era el Día de los Inocentes.

06 MAYO 2025 JAVIER CERCAS ESCRITOR ESPAÑOL FOTO PABLO VASQUEZ R PABLO VASQUEZ R.

La broma terminó haciéndose realidad. A fines de los 90 comenzó a escribir crónicas para la edición catalana del periódico. Y gracias a una de ellas descubrió la historia que terminaría convirtiéndose en Soldados de Salamina.

—La escritura en el periódico me descubrió un territorio literario nuevo. Yo no soy periodista; insisto mucho en eso en el libro. El periodismo es algo demasiado serio para que yo me considere periodista. Pero sí es cierto que escribir en el periódico fue muy importante para mí como novelista. Me descubrió territorios nuevos y funcionó como un laboratorio para mis novelas.

Soldados de Salamina surgió del contraste de mi escritura con la realidad.

¿Qué aprendió en el periodismo?

La escritura en el periódico fue extraordinariamente enriquecedora. Soldados de Salamina surgió del contraste de mi escritura con la realidad. Descubrí una manera distinta de escribir: más transparente, más veloz. Descubrí que era posible contar cosas complejas de una forma clara y nítida. De ahí surge una nueva manera de escribir novelas, la que terminaría cristalizando en mis novelas sin ficción. Porque no son periodismo. Son novelas.

Usted cuenta que Enrique Vila-Matas lo llama para decirle que Mario Vargas Llosa ha escrito sobre Soldados de Salamina.

Yo no conocía personalmente a Vargas Llosa. Lo había leído toda la vida. Era un escritor muy importante para mí. Que escribiera sobre Soldados de Salamina me pareció una locura. Como cuento en el libro, tuve que leer seis veces aquel artículo para asimilarlo. Al principio pensé que me atacaba. Luego me di cuenta de que era un elogio inmenso. Quizás el mayor elogio que han hecho nunca de uno de mis libros.

¿Y qué le dijo su padre?

Mi padre me dijo: “Hijo mío, este artículo es mejor que tu libro”. Y tenía razón. Fue un entusiasmo extraordinario y tuvo mucha importancia para el destino de ese libro.

También me ocurrió algo parecido con George Steiner. Había sido una figura muy importante para mí y dijo de Soldados de Salamina que debía convertirse en un clásico. Probablemente ese sea el mayor elogio que han hecho de un libro mío.

En El País también se estrenó como columnista de opinión. Pero al principio tenía dudas y recuerda una frase de Milan Kundera. ¿Cuál era su disyuntiva?

Kundera dice que un novelista no debe intervenir en política, porque, en el momento en que da su opinión sobre cuestiones políticas, sus novelas pasan a ser interpretadas bajo el prisma de esas opiniones. Y eso es catastrófico. Porque las opiniones políticas de un escritor son lo menos interesante que tiene; lo más profundo y verdadero está en sus novelas.

En eso Kundera tiene razón. Pero solo en parte. Porque un novelista también es un ciudadano. Y como ciudadano tiene exactamente los mismos derechos y las mismas obligaciones que cualquier otro. Empezando por la obligación de ocuparse de lo público. La política es algo demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de los políticos.

Ante una violación no puedes decir sí y no. Ante un golpe de Estado no puedes decir sí y no. Hay situaciones extremas en las que debes tomar posición.

¿Y cómo ha sido para usted?

El novelista corre un gran riesgo al intervenir en el debate público. Es una obligación, pero también un riesgo enorme. Yo soy novelista y ciudadano al mismo tiempo. Y también, si quieres utilizar esa palabra tan odiosa que detesto, un intelectual. ¿Qué es un intelectual? Un ciudadano con cierta relevancia pública que interviene en el debate público.

El novelista y el intelectual son figuras opuestas. El novelista trabaja con la contradicción, con la ambigüedad, con la ironía. Como decía Thomas Mann, el novelista no dice sí o no. Dice sí y no al mismo tiempo. La novela vive de esa complejidad.

Pero el ciudadano, el articulista o el intelectual, tarde o temprano tiene que decir sí o no. Ante una violación no puedes decir sí y no. Ante un golpe de Estado no puedes decir sí y no. Hay situaciones extremas en las que debes tomar posición.

Ahí surge una tensión permanente. Si el articulista vence al novelista, las novelas se convierten en propaganda. Pero si el novelista vence al ciudadano, este corre el riesgo de convertirse en uno de esos personajes que Dante despreciaba profundamente: los indiferentes. Los que miran hacia otro lado. Los que no dicen no a la barbarie. Y quien no dice no a la barbarie termina convirtiéndose en cómplice de la barbarie.

¿Ha tenido costos para usted?

Muchos. Costos enormes. No solamente porque haya perdido lectores, lo cual es evidente. También porque mis novelas, sobre todo en España, han terminado siendo interpretadas a la luz de mis opiniones políticas. Y eso es exactamente lo que temía Kundera.

Creo que mis novelas se leen mejor fuera de España que dentro de España. Porque los lectores de fuera no están contaminados por mi presencia pública ni por mis posiciones políticas.

Sin embargo, tampoco puedo mentir. Como escritor estoy obligado a decir la verdad. O, mejor dicho, aquello que considero que es la verdad. La ética del escritor es implacable. Si un escritor no dice lo que realmente piensa, el castigo es enorme: deja de ser un escritor auténtico.

La democracia

¿Puede sobrevivir la democracia sin periódicos?

No. Obviamente, no. La democracia es indisociable del buen periodismo. Yo no creo que el periodismo esté muerto. Al contrario: creo que es más necesario que nunca. No porque hoy se cuenten más mentiras que antes. Las mentiras se han contado siempre. El poder político siempre ha mentido, porque las mentiras son más poderosas que los tanques.

Lo que ocurre es que hoy la mentira tiene una capacidad de difusión infinitamente mayor. Las redes sociales, internet, la inteligencia artificial y todas estas herramientas permiten una circulación de la mentira que antes era imposible. Por eso el descrédito de la verdad es uno de los rasgos fundamentales de nuestro tiempo. Y por eso la lucha por la verdad es hoy más necesaria que nunca.

Los jóvenes hoy se informan casi exclusivamente por redes sociales. ¿Tiene alguna idea respecto de cómo enfrentar este momento?

Mi idea es muy sencilla: trabajar mejor. Ser más honestos. Y recordar una evidencia elemental: las redes sociales no pueden sustituir al periodismo.

¿Qué aporta el periodismo que las redes sociales no pueden aportar?

Muchísimas cosas. Pero para mí la principal es la autoridad. Lo que leo en The New York Times, en Le Monde, en El País o en La Tercera me merece infinitamente más credibilidad que lo que leo en Twitter. El periodismo aporta credibilidad. Aporta contexto, reflexión, jerarquización y verificación. Pero eso exige una consecuencia: hay que hacer mejor periodismo que nunca.

Es absurda esa idea de que los periódicos de hoy son peores que los de antes. En muchos sentidos son mejores. Lo que ocurre es que ahora tienen más competencia. Por lo tanto, la única solución que se me ocurre es hacer mejor periodismo. Escribir mejor. Pensar mejor. Verificar mejor. Ser más honestos. Asumir riesgos.

No decir aquello que el lector quiere escuchar simplemente para conservarlo. Decir aquello que uno considera verdadero, aunque eso implique perder lectores. Respetar al lector.

La única salida que veo es esa. Hacer las cosas lo mejor posible. Yo, como escritor, solo puedo intentar escribir lo mejor posible. Y ser lo más honesto posible. Y también lo más valiente posible. Porque el coraje es la principal de las virtudes. Es la base de todas las demás.

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