Por Francisco AravenaTitelman, Larraín y un problema común: ¿Dónde está la identidad política en un orden mundial amenazado?
Desde la izquierda y la derecha, respectivamente, Noam Titelman y Hernán Larraín han caracterizado con ojo crítico los desafíos de su sector en un país que ha oscilado entre gobiernos de uno y otro signo. En un año marcado por un orden mundial en crisis, ambos abordan el impacto del mapa de poder global en un país que intenta lidiar con sus propias tensiones.

Cualquiera que haya estado relativamente atento a la actualidad chilena pondría sus ojos en blanco y dejaría escapar un suspiro –quizás hastiado– ante esta obviedad: en la última década el país, quienes lo han dirigido y quienes han aspirado a hacerlo, ha vivido en la tensión marcada por el problema de reescribir las reglas del juego, o restaurarlas. Semejante obviedad ha probado, sin embargo, ser un fértil terreno de reflexión y análisis, acentuada por fenómenos globales de los que Chile claramente no ha escapado. Domésticamente, en la izquierda parte de la discusión ha estado protagonizada por el Frente Amplio y su llegada al poder. En el lado opuesto, por la pregunta de identidad de la derecha enfrentada a las fuerzas que conviven describiendo un espectro que va desde la ultraderecha hasta la centroderecha.
En esta conversación, dos analistas, y por momentos actores de estos procesos, abordan los desafíos que un año caracterizado principalmente por el cambio de gobierno en Chile y los efectos globales del disruptivo segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos plantea para el país.
Noam Titelman, panelista de Terapia Chilensis de Radio Duna, es economista y licenciado en Letras Hispánicas de la UC, doctor en Métodos de la Investigación Social por la London School of Economics, investigador de Rumbo Colectivo y fue cofundador del Frente Amplio. En 2023 publicó La nueva izquierda chilena: de las marchas estudiantiles a La Moneda, libro prologado por Michelle Bachelet que aborda el ascenso y consolidación de la nueva izquierda política en Chile. Hernán Larraín Matte es abogado con magíster en Ciencias Políticas de la UC y un MSc en Políticas Públicas de la London School of Economics; fue fundador y primer director ejecutivo del Centro de Estudios Horizontal, presidente de Evópoli entre 2018 y 2020, y convencional constituyente por el distrito 11, donde ejerció como vicepresidente de la Convención Constitucional. En mayo de 2025 publicó La derecha liberal sí existe, un relato en primera persona sobre el esfuerzo por ampliar las fronteras de la derecha chilena hacia un proyecto comprometido con las libertades individuales, la diversidad, la competencia en los mercados y el reformismo gradual.
¿Qué está en juego en la política global en 2026?
Noam Titelman (NT): Hay un asunto que ya lleva un rato tomándose el protagonismo de este tipo de discusiones: la entrada con todo de la geopolítica en el debate mundial. Nos vamos a ir dando cuenta cada vez más de que eso va a penetrar en el debate nacional también. ¿Y qué es lo que quiero decir por geopolítica? Que básicamente ya no podemos confiar en que las reglas del juego están dadas, y que dentro de ese marco nos podemos mover para encontrar el mejor camino para Chile, pensando en que el objetivo es mejorar el bienestar económico, social y político del país.
¿En qué se ve un cambio en las reglas del juego?
NT: En que hay distintas composiciones de fuerza que se están articulando. El primer hito relevante de eso es un proceso largo de fortalecimiento de la influencia de China. Y en el caso de América Latina y el de Chile, eso es muy notorio. Para casi todos los países de Sudamérica hoy China es su principal socio comercial, y no Estados Unidos, como lo fue durante siglos. Es un cambio de una magnitud difícil de entender. Eso es relevante, porque el modelo chino es distinto al de Estados Unidos. Tiene que ver con nuestra relación con la democracia, con el modelo económico. Y creo que cada vez más vamos a ver en Chile y América Latina una tensión sobre lo que algunos llaman –quizás un poco hiperbólicamente– una “nueva guerra fría”. El segundo asunto importante es la invasión de Rusia a Ucrania. De nuevo, es un ejemplo muy patente de que la idea de vivir en un mundo de derecho internacional, que siempre fue un poco hipócrita y falso, se ve aún más claramente desdibujado con esa invasión. Y eso también viene de la mano con otro conflicto relevante, que es el de Palestina y la masacre en Gaza.
Y lo tercero es la revolución de la llegada de Trump, sobre todo en un segundo mandato, que termina de poner en jaque toda esta discusión sobre el orden mundial liberal, porque no solamente pone en cuestionamiento la parte de los conflictos entre los estados, sino incluso la discusión sobre la economía, con los aranceles. Esto es importante para Chile: en un mundo donde la geopolítica empieza a tomar cada vez más relevancia, la pregunta por el interés nacional empieza a ser mucho más importante. ¿Hay algún espacio de nuestra política que sea capaz de sobrepasar esas diferencias de izquierda-derecha o derecha-izquierda?
Hernán Larraín (HL): En lo fundamental, el 2026 puede ser visto en perspectiva como un punto de inflexión: se ha ido acumulando evidencia para decir que hubo una forma de orden mundial que ha ido debilitándose en muchos sentidos en los últimos años y cristaliza con la forma en que Trump y Estados Unidos hoy se organizan en relación al mundo, donde su interés se antepone a principios, a la democracia o lo que sea. Y se cae un cierto velo. En este “naciente orden”, la seguridad es un principio fundamental, más que la eficacia de la economía. Eso es un cambio muy importante. La disputa entre dos hegemonías, la de Estados Unidos y la de China, abiertamente, genera cambios globales que también afectan a Chile, y la lógica de que la fuerza y el interés se superponen al derecho internacional. Este 2026 vamos a recordar el discurso de Mark Carney en Davos, donde hace una síntesis de cómo países medianos –y es algo que creo que Chile debería escuchar con atención– deben organizarse en este nuevo esquema, porque si no estás en la mesa, estás en el menú. Hay otras voces que es necesario escuchar: Neil Ferguson, Ian Bremer, Yasha Monk, Francis Fukuyama, están todos los días en una conversación global tratando de conceptualizar esto; es una conversación en desarrollo, con la naturaleza de la nueva geopolítica y geoeconomía.
¿Cómo está repercutiendo esta inflexión en Chile?
HL: Para Chile es un nuevo escenario. Nosotros nos vimos muy beneficiados del orden anterior. Siendo un país pequeño, nos abrimos al mundo, establecimos una red de libre comercio como pocos. Pero esa realidad cambió. Estamos siendo sometidos a presiones: de parte de Estados Unidos, de forma muy expresa; los chinos, con su propio estilo. No cabe ninguna duda de que la estrategia que funcionó hace algunos años, hoy día debe adaptarse, y la pregunta es cómo. La idea de que vamos a poder ser amigos de ambos, y comerciando con ambos, sin límites, sin restricciones, es una ilusión.
¿Ya no sirve entonces la estrategia del equilibrio que empujaron los gobiernos anteriores al actual en Chile?
HL: Vamos a tener que buscar mecanismos para, con diplomacia, construir una nueva política de Estado. Y esto no pasa ni por el Presidente Kast, ni por nadie; es una cuestión nueva, y hay que tener una conversación bien profunda, estratégica, sobre hacia dónde ir. Esto no afecta, en estricto rigor, a derechas e izquierdas, las que, digamos, juegan dentro de la democracia liberal. Las que están en el esquema de la democracia liberal comparten ciertos principios ordenadores, y que conviven con una nueva realidad geopolítica, y por lo tanto podríamos sentarnos y pasar un buen rato para ver cómo Chile debería organizarse y buscar su mejor interés, y no creo que algún dogma se podría cruzar. Finalmente, hay un desafío de la democracia liberal en este nuevo orden, que se va a enfrentar al pragmatismo de fenómenos, por ejemplo, como el de Bolsonaro. ¿No será mejor tener un sistema autoritario que sea más eficaz, que produzca orden, un Bukele a la chilena, pero con algo de China? Porque da la impresión de que con la democracia hay que tener mucha paciencia, y la paciencia se agotó. Y ahí yo creo que hay un desafío de derechas e izquierdas: cómo ser eficaces dentro de la democracia, de lo contrario, se nos puede escapar de las manos.
En este panorama, con toda la necesidad de ser pragmáticos, ¿son relevantes las identidades ideológicas o pasan a ser más bien obstáculos? ¿Qué papel tiene ese factor, que es muy racional, pero también muy emotivo?
HL: Es una pregunta muy compleja. Yo diría que hay dos planos que se superponen y que es parte de las dificultades para hacerse cargo de cómo es el momento. Un plano es que existen, por supuesto, proyectos de sociedad que están en tensión. Hay algunos que, en términos simples, creen que la igualdad es un principio que debe ordenar la sociedad por sobre cualquier otra condición. Hay otros que lo ponen en términos de libertad y plantean más bien que haya una expansión de oportunidades. Y esa cuestión, creo yo, nos va a acompañar, como nos ha acompañado por décadas y siglos, en el debate al interior de las democracias. Eso yo creo que es una realidad. Tiene, por supuesto, variantes. La izquierda, que fue, por así decirlo, un proyecto nítido –por ejemplo el Partido Socialista–, hoy día ve que aparece un grupo donde lo identitario es más relevante, una tensión que vimos con tanta claridad en la Convención Constituyente. Y en las derechas, donde teníamos un proyecto de centroderecha moderno, reformista, piñerista, liberal, en una alianza liberal-conservadora, hemos sido arrasados por nuevas derechas que coquetean con el hastío de la gente, que juegan dentro de las redes de la democracia, se dicen demócratas, pero juegan –algunos de ellos– en límites que son complejos. Y ahí entra el segundo plano, que es que las reglas o los principios de convivencia democrática, ¿hasta dónde aguantan? El PC, ¿podemos decir que está jugando dentro de las reglas?
Pero son esos sectores duros los que concitan mayor apoyo en las elecciones en los últimos años...
HL: Lo que tenemos al frente es la tensión propia de una democracia que, en parte por su inefectividad, hace que el hastío de la gran mayoría sea representado por sectores muy duros, muy nítidos, que buscan definiciones fáciles, de populismo, a problemas complejos. Creo que aquí las redes sociales juegan un rol fundamental, y por lo tanto es importante distinguir con nitidez dónde están las legítimas diferencias y tensiones entre proyectos que juegan por conquistar a la mayoría de aquello que ocurre cuando la democracia entra en tensión y ciertos grupos aprovechan esa fragilidad para hacerse del poder. Esa es una realidad en Chile y también global.
¿El mundo actual está más polarizado que antes?
NT: Creo que hay una paradoja muy notoria: si uno piensa en las políticas públicas concretas que todo el espectro político está proponiendo –desde Kaiser hasta el PC–, nunca había habido tan poco disenso como ahora. Pensando en la Guerra Fría, había muchísimas más diferencias fundamentales sobre las políticas públicas que se estaban proponiendo. Y, al mismo tiempo, parece que pocas veces nos hemos llevado más mal entre todas estas fuerzas políticas. Hay un famoso “paper” de Lilly Mason que dice algo así: “Si pensamos tan parecido, ¿por qué nos llevamos tan mal?”. Creo que una de las explicaciones tiene que ver con el juego que empiezan a tener las identidades, quizás, por sobre estas diferencias de políticas públicas y de ideología. Y, quizás –y aquí pongo esto como provocación–, uno causa al otro.
¿La identidad está supliendo a la ideología?
NT: El hecho de que tengamos menos claridad en las diferencias ideológicas hace que en política se termine sustituyendo esas diferencias por diferencias identitarias. Además, si uno puede explicarlo mirando más en el largo plazo, hay un estudio de Cristóbal Rovira –y lo interesante es que lo dirigió hace varios años– que dice algo así como: “Ojo, la centroderecha se ha ido acercando cada vez más al centro, y eso puede abrirle la cancha a una fuerza política a su derecha”. O sea, que hay un peligro de, si uno borra demasiado las distinciones entre las principales fuerzas políticas en democracia, eso abre la puerta a fuerzas antisistemas. Cuando uno elimina esa tensión virtuosa dentro de las democracias, eso puede generar fuerzas antisistemas. Y tiene que ver con una de las características propias de la democracia liberal, que logra conciliar esas dos cosas. Por el lado democrático está la lógica del gobierno de mayoría, pero también la lógica de disputa de proyectos: uno gana las elecciones y, por lo tanto, concibe que tiene una cierta legitimidad para llevarlo a cabo. Y el lado liberal dice: hay límites a ese gobierno de mayoría que están dentro del Estado: los otros poderes y también la sociedad. Y muchas veces lo que ha terminado ocurriendo en el mundo, a partir de la época de la “globalización feliz”, es que los históricos troncos de centroizquierda y centroderecha fueron confluyendo, y un sector de la población empezó a percibir que había poco en juego en las disputas entre esos dos mundos, y empezó a mirar otras opciones.
Afloró el populismo...
NT: En general, tenemos un mundo en que las ideologías están en crisis, salvo una ideología delgada que algunos llaman populismo. Y es otra definición de populismo: la idea de que hay una élite corrupta y hay un pueblo más o menos homogéneo que es virtuoso, y que en el fondo la política se trata de cómo uno expresa esa voluntad de ese pueblo homogéneo. Entonces la pregunta es cómo uno administra esas tensiones. Hay algo que vemos en Chile y en el mundo –que es natural, pero en una parte puede ser peligroso–, que es que cada vez que gana un gobierno de derecha, va a proponer un modelo de menos impuestos y menos gasto social y, por lo tanto, va a haber una reacción de la sociedad civil; y cada vez que hay un gobierno de izquierda va a proponer más gasto social y más impuestos, y va a haber una reacción del mundo empresarial. A mí me sorprende cómo los sectores de izquierda y de derecha abordan poco esta discusión. En algún momento la izquierda abordó esta pregunta, y su respuesta fue la tercera vía: intentar encontrar una manera de incorporar a los empresarios en su proyecto. Y creo que se mantiene la misma pregunta para la derecha, cómo se responde a esta tensión que siempre va a existir si uno quiere recortar el gasto social.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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