Marejadas en Chile: ¿anormales o normales?

Marejadas en Vina Del Mar. Foto: Agencia Uno




Mucho se ha hablado de las marejadas “anormales” que visitaron nuestra costa estos días. Las imágenes del oleaje en todo su esplendor ingresando en zonas que normalmente debieran estar secas, contradicen no solo la idea de ese mar que tranquilo te baña, sino que nos hacen preguntarnos por nuestra seguridad, la de la infraestructura, y el cómo nos relacionamos con la costa.

En realidad, las marejadas no fueron anormales. Fueron olas, comunes y corrientes, pero que fueron más intensas que lo que habitualmente observamos. Como todas las cosas en la naturaleza, a veces se manifiestan con más energía y otras con menos. Nadie llama como anormal el día en que no hay oleaje, pero ahora que las olas causaron daño y destrucción, nos llama la atención.

Las olas que bañan nuestras orillas se generan debido al viento que sopla sobre el océano, en nuestro caso el Pacífico. En verano, gran parte de nuestras olas han viajado desde Alaska y en invierno son principalmente del Pacífico sur. Las playas son el lugar donde la energía de las olas se pierde y casi desaparece, en una vorágine de espuma, ruido y un poquito de calor.

Marejadas afectan a borde costero de Vina Del Mar. Foto: Agencia Uno

La playa se adapta a ese oleaje, a veces cediendo arena, a veces recuperándola, en un proceso que nunca para y, que día a día, nos muestra una playa distinta. A su vez, el oleaje responde a la forma de la playa, con olas rompen más afuera o más adentro. A veces lo hacen en voluta –forma espiral–, para delicia de los surfistas, otras lo hacen gradualmente, para delicia de cada uno de nosotros que en verano nos divertimos “capeando” olas.

Entonces, si para la naturaleza todo esto es pan de cada día, ¿donde está el problema? El problema es nuestro, cuando queremos meternos al mar, cuando construimos y utilizamos este espacio que es de cambio constante. La costa no es una línea, es una zona amplia y vagamente definida, en la que los seres humanos nos empeñamos en pensar que no cambia, que siempre ha estado allí invariante y siempre lo estará.

Pero lejos de eso, nuestra costa es muy cambiante. Lo hace por el ciclo diario del oleaje y las mareas, y su relación con la playa. Lo hace por los ciclos distintos entre invierno y verano. Lo hace por el ciclo entre años de “El Niño” y “La Niña”.

De manera especial, lo hace por el ciclo de los terremotos, que suben y bajan nuestro territorio. Lo hará también debido al cambio climático. Todos ellos procesos naturales.

Pero como seres humanos, también hemos inducido cambios. Queremos usar más nuestra costa y por tanto, tenemos más ciudades y utilizamos cada día más nuestra zona costera. Esa presión antrópica se entremezcla, para bien y para mal, con los ciclos naturales.

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Más ciudades pavimentadas cambian el flujo de sedimentos hacia las playas para que se recuperen. Embalses para el regadío reducen la capacidad de los ríos de transportar sedimentos. Obras costeras cambian los patrones de transporte de sedimentos, lo que llevó por ejemplo, a la creación de los Ojos de Agua en Llolleo, que no existían previo al puerto de San Antonio. Y así suma y sigue.

Lo que es obvio entonces, es que lo anormal no fueron las marejadas. Simplemente hoy nos hemos expuesto más a un ambiente que es cambiante e ingenuamente queremos que no cambie. Debemos por lo tanto ampliar nuestra mirada y reconocer estos procesos para que podamos aprovechar nuestra zona costera en todo su esplendor, con respeto a su diversidad de usos y beneficios.

Permitiendo en lo posible un crecimiento sostenible y sustentable. Recién en estos días, se comienza a hablar de zona costera y la necesidad de una nueva ley para su protección y conversación. Quizás deba entrar también en el diálogo constitucional. Como sea el caso, debemos hablar de ella, y dejar de pensar que el mar está definido por una línea imaginaria que separa la tierra del agua.

Como dijo de manera muy poética Saucie en 1973, el verdadero conflicto no es entre el mar y la orilla, este es solo una discusión entre amantes. El conflicto es entre el ser humano y la naturaleza. En las playas, la naturaleza ha alcanzado un equilibrio dinámico que es incomprensible para los seres humanos.

* Académico de Obras Civiles USM e investigador principal de CIGIDEN

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