Peligrosa influencia de antivacunas en redes sociales podría afectar prevención del coronavirus

Justo en medio de la pandemia y con más de 100 vacunas en desarrollo, estos grupos han aprovechado la situación global para insistir en un discurso que apela a la desinformación y al miedo. Un estudio en base a 100 millones de personas revela por qué a pesar de ser menos en número, son más "ruidosos".




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Que internet es terreno fértil para noticias falsas, no hay duda. Hace algunas semanas conocimos de una insólita campaña contra las antenas de tecnología 5G, acusada de ayudar a expandir la pandemia de coronavirus, y lo último es una cuestionable estrategia de la Organización Mundial de la Salud para eliminar a parte de la población mediante el uso obligatorio de las mascarillas.

El caso más llamativo es el del fundador de Microsoft, Bill Gates, quien ha sido blanco de afirmaciones relacionadas con la supuesta implantación de chips electrónicos en las personas o incluso la creación del Covid-19, todo esto a pesar que desde hace 20 años financia campañas de vacunación, cuenta con numerosos proyectos humanitarios en África y lucha contra las epidemias con su Fundación Bill y Melinda Gates.

El filántropo, quien en 2015 anticipó en una conferencia la aparición de una epidemia como la que actualmente vivimos, se ha convertido en la personalidad más “viral” del último tiempo, y no para bien. De acuerdo a The New York Times, las acusaciones en su contra se dispararon entre enero y abril, gracias a un video en YouTube que acumula dos millones de visualizaciones en dos meses y que lo responsabiliza por "querer eliminar al 15% de la población mundial”.

Gates, quien anteriormente ha sido acusado de estar detrás de la epidemia del zika y ser una criatura reptiliana, es víctima de campañas que aseguran que sólo desea aprovecharse de la situación, tal como en una guerra, “para subyugar al mundo o enriquecerse vendiendo vacunas”.

Pero el fundador de Microsoft también es blanco de los otrora alicaídos movimientos antivacunas, muy activos en las redes sociales en período de pandemia, quienes afirman que Gates creó la Covid-19 y que inclusive “posee la patente”.

Una muestra lo vimos este fin de semana, cuando en Twitter se difundió una cuestionable imagen que mostraba la entrada a la Fundación Bill y Melinda Gates en EE.UU. como un “Centro de para la reducción de población global de seres humanos”. Sin embargo, una sola visita a Google Street View en la sede de la Fundación, en Seattle, nos muestra la verdad.

Pero las conspiraciones y noticias falsas son sólo un parte del problema. Porque de acuerdo a un estudio reciente, los grupos antivacunas aumentaron su lamentable influencia en las redes sociales, aprovechándose de la pandemia que al día de hoy, tiene a casi 320 mil fallecidos en todo el mundo.

La segunda ola

Desacreditados hasta el hastío por centenares de científicos, los grupos antivacunas han encontrado en las redes sociales una nueva oportunidad para difundir sus creencias, de paso interfiriendo en la campaña global por detener el avance del coronavirus y justo en momentos en que varios laboratorios alrededor del mundo desarrollan más de 100 proyectos y una decena de ensayos clínicos para una vacuna.

Así lo revela un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature por la Universidad George Washington, que aunque asegura que estos grupos son pequeños, su estrategia de comunicación en línea es “preocupantemente efectiva y de gran alcance”.

En la investigación, enfocada preferentemente en Facebook, se revisaron más de 1.300 páginas, seguidas por unos 85 millones de personas, descubriendo que los sitios contra la vacunación “tienden a tener menos seguidores, pero aún así son más numerosas que las que están a favor de la vacunación, y con mayor frecuencia están vinculadas en discusiones en otras páginas de Facebook, como las asociaciones de padres en escuelas”.

Por otro lado, “las páginas que explican los beneficios de la vacunación están vinculadas en una red que está en gran parte desconectada de este “campo de batalla principal” para el sentimiento público”, explican los autores.

El problema, quizá, tiene que ver con lo simple y directo del mensaje: los grupos pro-vacunas aseveran que las vacunas funcionan y salvan vidas, pero la vereda del frente elabora sombríos relatos donde prima el miedo como mayor componente, con narraciones que involucran a la salud de los niños y medicina alternativa. Todo, sin evidencia científica alguna.

Y el problema no se limita a Facebook. En Instagram -propiedad de la misma red social- la empresa bloquea algunos hashtags y trata de evitar que el contenido antivacunas no sea visible, pero no lo prohíbe. Al realizar una búsqueda, aparecen cuentas de hasta 100 mil seguidores y con 400 mil posteos sobre el tema, algo que como lo mencionó Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, aún falta por pulir: “Estamos priorizando la revisión de ciertos tipos de contenido, como seguridad infantil, suicidio y autolesiones, terrorismo y desinformación dañina relacionada con COVID, para asegurarnos de que estamos manejando los problemas más peligrosos”, dijo el martes pasado.

Dañinos

“Las vacunas son, después del uso de agua potable, una de las intervenciones mas potentes para disminuir las enfermedades infecciosas a nivel mundial", subraya la Dra. Carla Bastías, inmunóloga de la Clínica Dávila.

“Es un concepto importante, porque en el fondo es una intervención que se puede hacer de forma masiva y tiene efectos de rebaño: vacunamos a un grupo de la población pero al mismo tiempo estamos protegiendo a otros que no se pueden vacunar o que por distintos motivos no tienen acceso, etc”.

“En ese contexto los movimientos antivacunas generan una pérdida de esta protección, porque entre más sujetos vacunemos, otros igualmente están protegidos porque la circulación de la infección es mucho menor. El no vacunarse genera un daño no sólo individual sino que colectivo, porque no me protejo sólo para no enfermarme yo, sino también para no enfermar a otros”, señala.

Bastías explica que anteriormente ya se han visto re brotes con infecciones controladas como el sarampión, que a causa de grupos de personas no vacunadas han generado un retroceso en erradicar esta enfermedad.

“Si en el caso del coronavirus la vacuna se logra pronto, será un gran avance. Porque independiente si se pudiera encontrar un tratamiento, la premisa médica siempre será no enfermarse: si podemos prevenir una enfermedad es mucho mejor que curarla. En ese sentido, cualquier vacuna seria un tremendo éxito, porque tenemos casos de pacientes leves a severos, y si podemos prevenir que una persona se infecte, no corremos el riesgo que vaya a ser grave”, explica.

“Incluso, una vacuna sin el 100% de cobertura como la influenza está pensada en que las poblaciones de riesgo, si es que adquieren la infección, no sea severa; el objetivo de las vacunas es no enfermar, o bien si se enferma, que sea leve”, añade la especialista.

Para la inmunóloga, no es bueno que, ni ahora ni nunca, existan movimientos en contra de la vacunación. "Menos en estos momentos de crisis tan compleja a nivel mundial, porque además son grupos desinformados: la información que manejan no es de calidad, y no está sustentada en hechos comprobables científicamente”.

“Algunas personas tienen temores o aprensiones con las vacunas, pero cuando se explican los beneficios versus riesgos, la mayoría entiende y asume que el beneficio es mayor que el riesgo. Antes se habló de autismo o derivados del mercurio, pero está científicamente comprobado que no es así. Las vacunas no producen autismo y sus componentes no son elementos tóxicos”, afirma.

“Lo más importante es poner énfasis en el beneficio y la protección colectiva. Con la vacunación no sólo me protejo yo, sino también al resto”, sentencia.

Riesgo real

Daniel Valenzuela, sociólogo y académico de la Universidad Santo Tomás, explica que “el discurso anti-vacunas sintoniza con procesos centrales que acontecen en la sociedad occidental contemporánea. Primero, una desconfianza hacia la ciencia y sus métodos no tan sólo para conocer los fenómenos, sino también predecirlos; y segundo, la desconfianza hacia la capacidad de los Estados en lograr estrategias eficaces para el desarrollo de las sociedades”.

“Esto, en el plano sanitario, se materializa en el discurso en que las vacunas son inseguras para la salud, por un lado y que el Estado, al promoverlas a través políticas de salud pública, atentaría contra los derechos de libertad”.

Valenzuela señala que “este diagnóstico se complementa por la confianza entregada hacia iniciativas individuales -con independencia de las sociales- para lograr estilos de vida saludables. Haciendo énfasis en ese valor individualista, el movimiento antivacunas genera su mensaje que refuerza al individuo, al momento que las iniciativas de salud pública como las vacunas, no sólo no son confiables, sino también innecesarias, para estar individualmente sano; ya que eres tú el único que tiene la capacidad de obtener las respuestas que más se ajusten a tus expectativas”.

“De este modo, una forma de explicar el éxito de este tipo de movimientos, es que radicaliza la idea de la importancia del individuo. El problema es que, tal como la pregunta lo sugiere, la única forma de enfrentar problemas globales como una pandemia, es a través de iniciativas comunitarias”, agrega.

Para el sociólogo, “el estudio apunta a un elemento central para esta discusión: La única forma en lograr controlar la expansión del virus descansa a un nivel global y no de países particulares. Sin embargo, estas estrategias siguen siendo vulnerables a las acciones individuales. Por eso, sin importar si el movimiento antivacunas es masivo o no, es un riesgo real ante el control de la pandemia. Así se ha demostrado con el resurgimiento de brotes de sarampión en Europa y Estados Unidos”, sostiene.

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