Opinión

En defensa del canciller

Dragomir Yankovic/Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Frenteamplistas indignados porque los argentinos han ofendido “a la nación chilena y a su historia”. Columnistas que apelan al patriotismo para criticar el actuar de autoridades locales, y otros que apuntan a una “diplomacia demasiado apegada al Derecho”. Parlamentarios de oposición que interpelan al canciller como un acto de reparación “en el Mes de la Patria”.

La política siempre aporta contenido para sorprenderse, pero estos aires belicosos parecieran superarlo todo. Los mismos que hace no tantos años canturreaban la integración latinoamericana y proponían una disminución del gasto en defensa, ahora apuntan al gobierno por lo que califican como una conducción “confusa, ambigua, equivocada y timorata” frente a los agravios y provocaciones transandinas.

Cómo olvidar las palabras de Nicolás Grau, por entonces jefe programático de la candidatura de Beatriz Sánchez, cuando proponía “conversar con los otros países de América Latina para que, entre todos, de manera coordinada, podamos ir reduciendo el gasto militar”. Eran los tiempos “premaduración” del actual bloque opositor, aunque igual en el reciente congreso del FA se propuso “la integración latinoamericana como prioridad”.

Y está bien que así sea, especialmente en los planos comercial y cultural. Hace un par de semanas, una contundente delegación público-privada de Neuquén, encabezada por su gobernador, visitó el Biobío en el marco del plan de desarrollo conjunto. Esa es la conversación que enriquece y potencia a ambas naciones y no estas muestras de enfado y patriotismo que poco se escucharon cuando el gobierno argentino emitió el famoso decreto en julio de 2021.

Por supuesto que Chile debe velar por su soberanía y reprochar toda acción que debilite sus intereses. Para eso existen las vías diplomáticas y eso es exactamente lo que ha hecho nuestro país. Porque las declaraciones absurdas y los comportamientos destemplados no se responden de la misma forma ni tono. Por el contrario, se demuestra convencimiento y firmeza, pero sin necesidad de levantar la voz ni inflar a la contraparte más de lo necesario.

Ha sido el canciller -objeto de inusitado fuego amigo- quien, precisamente, ha encabezado esa respuesta, actuando como corresponde a la diplomacia: con decisión, mesura, prudencia y operando por canales formales y, también, informales. Con poca originalidad, sus críticos apuntan a una supuesta falta de experiencia política y excesivo perfil empresarial.

Pero no nos engañemos. No son los bufidos del ministro de Defensa los que han provocado excusas y rectificaciones. Apenas han servido para alimentar a los buitres que rondan sobre la cabeza del canciller. Son las gestiones del ministro Pérez las que derivaron, por ejemplo, en las disculpas públicas de la influyente senadora y exministra Patricia Bullrich.

Como moneda de cambio, el Congreso decide interpelarlo, aunque con la genial idea de hacerlo después de la Asamblea de Naciones Unidas, para no afectar al país. Qué consideración. El presidente del Partido Republicano, siempre ágil en la defensa de algunos (incluso cuando se trata de la cuestionable incorporación de la exministra Duco al Segundo Piso), califica la interpelación como “razonable”, mientras que al titular de Defensa se le ocurre cruzarse con la presidenta del Senado y termina más que enredado.

Como toda crisis esconde una oportunidad, en este caso lo positivo es que reaparecieron los llamados a fortalecer las capacidades de disuasión de las Fuerzas Armadas. En buena hora, porque tras la modificación de la Ley del Cobre se comprometió un mecanismo para asegurar recursos que no se ha cumplido. Ya comentamos en esta columna los avances que registran en esta materia algunos países vecinos. Perú presentó esta semana sus nuevos carros K2 Black Panther y el K808 White Tiger, mientras Argentina prosigue con el fortalecimiento de sus bases australes.

Fue el propio ministro de Defensa quien, a poco de asumir, advirtió que recibió el Fondo de Contingencia Estratégico con menos del 1% de los recursos que debía tener. Ese sí es un asunto de su incumbencia, como también abogar para que las FF.AA. puedan dedicarse a lo que realmente les corresponde y no ser utilizadas como parche para enfrentar los déficits de los organismos llamados a combatir la delincuencia.

Es complejo manejar las relaciones exteriores en los tiempos actuales. La idea del “fin de la historia”, como planteó Fukuyama, se vio superada por un inesperado cuestionamiento a principios que pensamos intocables, como la democracia representativa, el respeto a los acuerdos internacionales y la integración comercial. Frente a ello, para un país pequeño, pero estratégicamente ubicado, como es Chile, el camino sigue siendo el diálogo, los acuerdos y la diplomacia, aunque sin dejar de lado las capacidades disuasivas en materia de defensa y sin distraer la función que se espera de las Fuerzas Armadas.

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