Por Pablo Retamal N.Manuel Rojas cuentista: las claves del Chile real que revive en las librerías
A propósito de la reciente reedición de "El vaso de leche y otros cuentos", especialistas analizan la etapa de juventud del Premio Nacional, su cruce autobiográfico y la profunda ética que define su narrativa.

Manuel Rojas Sepúlveda tenía muy claro su interés como escritor. Retratar aquello que había visto. En sus años mozos, y sin haber terminado la enseñanza escolar, desempeñó diversos oficios: pintor, electricista, estibador, vendimiador, peón del Ferrocarril Trasandino, talabartero, aprendiz de sastre, actor en compañías teatrales, entre otros. Ese contacto con el Chile real de inicios del siglo XX, el de la “Cuestión social” fue el que marcó a fuego su literatura.
“La experiencia me ha ido dando los temas. Escribo sobre lo que conozco, de lo que la vida me ha hecho sentir. Soy un escritor que ha vivido en numerosos ambientes y tuve la suerte de entrar en la literatura chilena después de conocer mucho de Argentina y Chile”, comentó en una entrevista de 1968. “Tuve una juventud difícil; fui aprendiz de esto y esto otro; estuve preso varias veces (me acusaron en cierta ocasión de haberle echado ácido a unas puertas); leí muchos libros anarquistas. Siempre he sido un tipo disconforme”.
Premio Nacional de Literatura 1957, y conocido fundamentalmente por su novela Hijo de ladrón (1951) Rojas también tuvo una dimensión como cuentista. En este ámbito, exploró fundamentalmente al Chile de su tiempo. En sus relatos aparecen obreros del ferrocarril, conventillos, amas de casa, vagabundos y delincuentes. El Chile de la llamada “Cuestión social”, que también retrataron otros como José Santos González-Vera, Baldomero Lillo o Nicomedes Guzmán. Hoy, los relatos vuelven a circular en librerías a través del volumen El vaso de leche y otros cuentos (DeBolsillo), que recopila sus mejores relatos breves.

Sus personajes son gente común, pero Rojas no se conforma con la mera descripción, sino que indaga en la profundidad de los personajes. Quería ir más allá del naturalismo, lo descriptivo y apostar por un proyecto narrativo propio, así lo comentó él mismo en la citada entrevista. “En mi juventud leí mucho a Zola, a Baroja, a Vargas Vila, a Victor Hugo; sin orden ni preferencias, pasaba de lo romántico al realismo y a lo modernista. Vea usted: sin una cultura literaria, mis cuentos se libraron de las influencias de escuelas, del naturalismo u otras; yo contaba cosas que había visto y vivido, de la manera más real y natural posible. Nunca me interesó escribir de cierta manera. Hay gentes que se proponen eso y eso los mata. Cuando empecé a escribir no sabía si iba a ser crítico o carpintero. Escribí por una necesidad natural, sin proponerme nada. Me son ajenas las reflexiones de los escritores más cultos y refinados: ‘...cuando escribe, ¿en qué lector piensa?’. Yo no pienso en ninguno. A veces pienso que a un amigo le podría gustar lo que estoy escribiendo... y al amigo no le gusta. Nada más”.
¿Cuáles son las principales claves de Manuel Rojas cuentista? El académico Ignacio Álvarez Arenas, doctor en Literatura y profesor del Departamento de Literatura de la Universidad de Chile, señala a Culto: “Los cuentos conforman, junto a sus poemas, lo que podríamos llamar su escritura de juventud. Ocupan casi por completo la década del veinte: de los treinta y dos relatos breves que Manuel Rojas publicó durante su vida, veintiocho aparecieron por primera vez entre 1922 y 1930. Siguen el típico ciclo editorial del primer tercio del siglo XX chileno: aparecen por primera vez en la prensa —casi siempre en los diarios La Nación y El Mercurio— y luego se reúnen en libros: Hombres del sur en 1926, El delincuente en 1929 y Travesía en 1934”.
La escritora nacional Pino Luna es una gran lectora de Manuel Rojas. “Su literatura es fundamental. Imprescindible. No solo como cuentista. Sé que a muchas personas no les gustan los imperativos literarios, esto de decir ‘este libro todo el mundo debe leerlo’. Yo soy profesora de formación y sí creo en estos imperativos. Porque decir que un autor o autora son obligatorios es educar, es formar lectores y escritores. En este sentido, para mí como docente y escritora, Manuel Rojas es una lectura obligatoria como narrador.”

En las capas más subterráneas de sus relatos, añade Álvarez, se pueden rastrear temáticas que tienen mucho que ver con los intereses del joven Rojas en esos años. “La libertad, en primer lugar, que se conecta con los jóvenes en formación y con las aventuras al aire libre. La identidad, en segundo término, pues se esfuerza por mostrar que los ladrones y guardianes de sus cuentos son fundamental y esencialmente iguales y, al mismo tiempo, que los seres humanos son siempre múltiples y diversos, sea por su clase, por su nacionalidad o por su sencillo derecho a la diferencia (este tema reaparece incluso en textos tardíos, como Pancho Rojas, y sobre todo en Mares libres). También se preocupa por el crecimiento o la formación de los individuos, o bien el tipo de sociedad a la que está obligado a integrarse un muchacho que crece. Cuentos como Laguna y El vaso de leche, por ejemplo, proponen formas de intercambio social basadas en la simple donación de lo que se necesita a quien lo necesita, en contra de los abusos de quienes detentan el poder y en contra también del intercambio monetario”.
¿Cómo dialogan estos cuentos con la dimensión novelística de Manuel Rojas?, concretamente, con Hijo de ladrón, responde Pino Luna: “Puedes leer un párrafo de Manuel Rojas sin saber que es él e identificarlo. Eso no muchos autores lo logran. No se trata de un estilo. Eso del ‘estilo’ es una idea mediocre, como si la escritura fuera algo replicable, un ladrillo. El estilo hoy lo replica la IA. Le puedes decir ‘escribe un cuento sobre un vendedor de cuneta al estilo de Manuel Rojas, o al estilo de Brunet’ y la IA lo haría. Lo que no haría jamás es capturar la ética, la pasión que desenvuelve la escritura de un autor u otro. La ética de Rojas, las pasiones que atraviesan su literatura es lo que lo diferencia”.
Álvarez agrega: “Son dimensiones distintas, pero claramente hay un diálogo. En Rojas siempre estamos ante una narración autobiográfica. Todo lo que escribe se basa en sus propias vivencias (como en Laguna y en Hijo de ladrón) o en lo que han vivido sus cercanos, como en El vaso de leche, que es una historia que le cuenta su amigo el Negro Nieves, zapatero y anarquista. El valor de lo vivido cambia, sin embargo. En los cuentos, escritura temprana, lo autobiográfico es garantía de verdad: lo que cuento es verdadero, lo he vivido. A partir de Hijo de ladrón y a lo largo de toda la tetralogía de Aniceto Hevia eso cambia: lo autobiográfico, que va quedando cada vez más lejos del escritor, es sometido a crítica, es ironizado, es evaluado”.

Debido a la época que le tocó vivir, los cuentos de Manuel Rojas son una fotografía del Chile precario de la “Cuestión social”. “Es el resultado de la rápida modernización capitalista que sufrió Chile a comienzos del siglo XX -dice Álvarez-. Las respuestas desde el mundo popular son variadas: la proletarización, el disciplinamiento por medio del trabajo y la resistencia desde esa identidad, que representa por ejemplo La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán. Lo que propone Rojas es responder creativamente. Salir de las exigencias del capital, trabajar creativamente y sobre todo mantenerse en movimiento, como muestran los jóvenes de sus cuentos”.
“No se trata de lo que yo considere, así se ha considerado desde que Rojas existe -añade Pino Luna-. No sé si para Rojas eran ‘desplazados’. Para él era la sociedad entera. Qué son los otros. La minoría. Su obra es un intento por sanar la herida que el capitalismo ha hecho sobre la corteza de lo humano”.

¿Cuáles de los cuentos de Manuel Rojas son los más destacados? Responde Ignacio Álvarez: “Probablemente el cuento que más veces he recomendado es El delincuente: allí Rojas juega muy hermosamente con las identidades de los hombres de comienzos del siglo XX: hay algo entre la figura del ladrón, la víctima del robo, entre lo correcto y lo incorrecto que nunca termina de cuajar. Mi último favorito es Poco sueldo, en donde Rojas plantea por primera vez la cuestión de la mirada: como se debe mirar a un hombre si se lo quiere captar por completo, de arriba a abajo. Laguna y El vaso de leche me parecen brillantes también: son cuentos en donde los varones, a despecho de los mandatos culturales de la primera mitad del siglo XX, se muestran sensibles, abiertos al contacto afectivo con los demás”.
“Laguna, creo que es mi favorito -comenta Pino Luna-. Un mendigo es brutal, es el que viene al Vaso de leche. Y bueno, jamás tenemos que cansarnos de recomendar, leer todos los años El vaso de leche. Es La Piedad (La Pietà) de la literatura chilena”.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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