Por Francisco CorvalánCristian Vera, líder del grupo de bomberos que fue a Venezuela: “Los héroes son las personas que resisten, como Hernán Gil”
El líder del equipo USAR que viajó a Venezuela relata, entre otras cosas, cómo enfrentó el rescate del hombre que estuvo ocho días bajo los escombros en La Guaira. Además, habla del miedo, de las decisiones críticas y de por qué rechaza que lo llamen un héroe.

Cuando el teléfono sonó, Cristian Vera Henríquez (62) ya estaba preparado. En su casa seguía las imágenes que llegaban desde Venezuela después de los terremotos del 24 de junio, que hasta ahora se han cobrado más de 4.490 víctimas. Revisaba reportes en redes sociales y, casi por reflejo, comenzaba a reunir el equipo necesario para una eventual movilización. Como líder de turno del equipo de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR, por sus siglas en inglés) de Bomberos de Chile, sabía que la llamada podía llegar en cualquier momento.
“Uno cambia de modo de inmediato”, recuerda. La rutina queda suspendida y comienza otra vida, una donde cada decisión puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Años de entrenamiento no han logrado borrar esa sensación. Tampoco pretende hacerlo. La adrenalina sigue ahí, dice, pero aprendió a transformarla en disciplina. “Nunca desaparece, porque sabes que vas a enfrentar lo desconocido”. Lo desconocido, sin embargo, terminó siendo mucho peor de lo que imaginaba.
Las primeras informaciones hablaban de edificios colapsados y personas atrapadas. Pero ninguna fotografía, video o informe alcanzaba a mostrar la dimensión real de la tragedia que vieron en La Guaira. Apenas llegaron a la zona afectada apareció la primera imagen que todavía lo acompaña: personas corriendo sin rumbo, gritos, calles paralizadas por el caos y familias intentando remover escombros con sus propias manos.

Después vinieron los edificios. Torres reducidas a enormes montañas de hormigón, con pisos completos comprimidos unos sobre otros. Al recorrer el sector asignado comprendió que la operación sería mucho más larga y peligrosa de lo previsto. Los niveles subterráneos donde podría haber sobrevivientes transformaban cada avance en una maniobra de alta complejidad. No había espacio para la improvisación.
El rescate de Hernán Gil
El edificio donde permanecía atrapado Hernán Gil se convirtió en el centro de la misión, y al mismo tiempo en ícono de la esperanza entre tanta tragedia. Ocho pisos habían cedido sobre dos subterráneos. Sabían que había una persona viva debajo de toneladas de concreto, pero encontrar el punto exacto era, en palabras de Vera, como buscar una aguja en un pajar.
Los días transcurrieron entre mediciones, apuntalamientos y pequeños avances que muchas veces terminaban anulados por nuevos derrumbes. Más que una escena heroica, recuerda un equipo relevándose sin descanso alrededor de un estrecho túnel que parecía no terminar nunca.

El primer gran alivio llegó cuando los equipos de búsqueda técnica confirmaron que las voces que pedían auxilio eran reales. La esperanza dejó de ser una posibilidad abstracta para transformarse en un punto preciso bajo la estructura. La verdadera oportunidad apareció recién al quinto día. Consiguieron introducir una sonda hasta el pequeño espacio donde permanecía Gil y comenzaron a entregarle agua y alimento.

“Sentimos que le habíamos devuelto tiempo”, dice. Por primera vez, el reloj parecía jugar a favor de los rescatistas. Escuchar la voz del hombre atrapado fue uno de los momentos emocionalmente más difíciles de toda la misión. Había que contener la emoción y seguir trabajando con la cabeza fría.
Porque en un rescate así, insiste Vera, la calma no nace del carácter, sino del método. Cuando los protocolos funcionan, cuando los ingenieros validan cada movimiento y el equipo confía en quien trabaja al lado, desaparece la improvisación. El miedo sigue presente, pero deja de paralizar.
Ese miedo tuvo uno de sus momentos más intensos cuando el túnel construido para llegar hasta Hernán dejó de ser seguro. La estructura comenzó a presentar riesgos que amenazaban tanto a la víctima como a los propios rescatistas. Fue la decisión más difícil que le tocó adoptar.
La lluvia complicó todavía más el escenario. El agua hacía que el material fino descendiera como un reloj de arena hacia el fondo de la estructura. Cada movimiento provocaba pequeños derrumbes secundarios. Finalmente, después de ocho días bajo los escombros, Hernán Gil salió con vida.
Para Vera, el recuerdo permanece intacto. La camilla emergiendo lentamente desde el subterráneo hasta ingresar a la ambulancia. Más tarde lograron conversar mediante una videollamada antes del regreso a Chile. Descubrió a un hombre de una fortaleza extraordinaria. Durante los días en que permaneció atrapado, Hernán repetía que escuchar las voces de los rescatistas era lo único que le transmitía tranquilidad.
Pero las imágenes que más cuesta dejar atrás no ocurrieron dentro del edificio. Son las familias esperando detrás del perímetro de seguridad. Personas suspendidas entre la esperanza y el miedo, pendientes de cualquier movimiento. Esa mezcla de angustia, dice, es imposible de olvidar.

El peso de ser héroes
Después de una misión así no existe un regreso inmediato a la normalidad. Hay un aterrizaje emocional que toma varios días. La conversación con el equipo, el respaldo de la institución y la familia ayudan a procesar experiencias que difícilmente pueden explicarse con palabras.
Cuando deja el uniforme, Cristian Vera vuelve a ser un padre de familia, bombero de la Séptima Compañía de Viña del Mar y trabajador como cualquier otro. Busca refugio en la vida cotidiana. Compartir con sus hijos, salir a comer, ver una película, cumplir con sus obligaciones. Allí encuentra el equilibrio, declara.
Nunca ha pensado en abandonar este tipo de misiones. Reconoce el desgaste, pero asegura que la convicción de salvar vidas sigue siendo más fuerte.
Tampoco se siente cómodo cuando lo llaman héroe. Al llegar a Chile recibió, junto con todo el equipo que asistió a La Guaira, un reconocimiento del Presidente de la República, José Antonio Kast, por su trabajo realizado en Venezuela. Vera recibió el galvano con gratitud, aunque también “con la incomodidad honesta de recibir a título personal algo que es de todo el equipo”.

“El heroísmo pone el foco en la persona, y en un rescate real el protagonista nunca es una persona. Además, hablar de héroes vuelve invisible el trabajo previo: los años de formación, la logística, los equipos que no salen en la foto”. Pero sí reconoce que en esta historia existen los héroes.
“Los héroes son las personas que resisten, como Hernán Gil”.
Por eso también cree que Chile aún no dimensiona completamente el nivel técnico de sus equipos USAR. Recuerda que Bomberos fue el primer equipo latinoamericano clasificado por Naciones Unidas y sostiene que esa capacidad no puede depender del impacto de la última catástrofe. La preparación, insiste, debe ser permanente en un país acostumbrado a convivir con terremotos, remarca.
Al mirar hacia atrás, asegura que Venezuela cambió su manera de entender el tiempo. Hoy valora con mayor intensidad la vida, la paciencia y el trabajo colectivo. Cuando el ruido de la contingencia desaparezca y los reconocimientos queden atrás, el bombero Vera dice que no serán los homenajes los que permanecerán en su memoria. Será la certeza silenciosa de haber hecho lo correcto y la disciplina sostenida durante nueve días.
“Lo que queda es la responsabilidad cumplida y la convicción de que, en medio del desastre, fuimos capaces de aportar esperanza. Eso es lo que uno se lleva y lo que permanece en silencio cuando todo lo demás termina”, concluye.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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